Había una vez una muchacha llamada Luara a la que le encantaba leer y pasear por el pueblo. Un día, se encontraba tan absorta en un libro que se desvió del camino. Cuando se percató de ello, la senda no era visible, por lo que decidió adentrarse en el bosque. Tras varias horas de travesía, la joven estaba cansada y decidió parar en próximo claro que hallase. Y así fue. El bosque clareaba en lo alto de la montaña y escondida entre los árboles se advertía una humilde cabaña.
Luara entró a descansar, y la encontró vacía. Decidió tumbarse en la cama que había en una de las habitaciones y ofrecer una recompensa a la persona que la habitase.
Transcurrieron varias horas hasta que Luara despertó con un ruido en lo que debía ser la cocina. Y al levantarse se percató de que era de día.
En la cocina había un joven, el cual permaneció mirándola fijamente durante unos instantes.
–He preparado el desayuno, pensé que tendrías hambre—anunció con voz firme el muchacho.
–Gracias, pero no es necesario. Tengo que volver al pueblo, me estarán buscando.
–Has dormido en mi cama, lo menos que puedes hacer es tomar el desayuno que ya he preparado.—Parecía enfadado, así que Luara se sentó en la mesa y empezó a comer.
Tras una conversación un tanto áspera, Luara descubrió que aquel muchacho se llamaba Daneil. Vivía en aquel bosque de lo que cazaba y pocas veces iba al pueblo. Debía sentirse muy solo.
Entonces decidió quedarse un poco más para hacerle compañía. Le limpiaría la casa mientras él no estaba y prepararía la comida, así se lo comunicó a Daneil.
Daneil pasaba las noches fuera y regresaba por la mañana, Luara preguntaba siempre el motivo pero las únicas respuestas que recibía eran evasivas.
Una noche, Luara no podía dormir y salió a pasear bajo la suave brisa de verano. Pero lo que no esperaba era encontrarse con un gran oso en la puerta de la cabaña. El oso se quedó mirándola como si la conociera, con una penetrante mirada que le resultaba familiar. Y de repente su miedo desapareció, conocía esa mirada, era la fría pero amable mirada de Daneil. Pero, ¿por qué Daneil era un oso? Él permanecía quieto, mirándola, soltando fuertes bufidos, y Luara decidió esperar al amanecer para ver qué sucedía.
Así quedaron los dos, inmóviles y pacientes, sentados en la hierba hasta que el sol comenzó a salir entre las montañas. Un halo de luz llegó hasta Daneil y este poco a poco recobró su figura de humano. Luara observaba la escena impactada.
–Imagino que después de esto querrás volver al pueblo con el resto de tu gente.
–¿Por qué hasta hace un segundo eras un oso?
–Sé que te doy miedo, márchate. No hace falta que sigas ahí parada.
–No me voy a ir. ¿Por qué eras un oso?
Años atrás, cuando todavía era un crío, solía salir de caza con mi padre y unos amigos del poblado. Una tarde, me alejé de ellos y vislumbré a lo lejos una osa con sus crías, pensé que sería una buena caza y disparé. No debí hacerlo, ahora sé que no.
Aquella noche, cuando volvía a casa para avisar a todos los hombres de la localización en la que había dejado a la osa, algo en mí empezó a cambiar. Cuando me di cuenta era un oso. Tuve que huir de casa y ha sucedido así durante el resto de los días. Cuando amanece vuelvo a ser humano.
Esta historia conmovió a Luara. Durante el tiempo que había permanecido con Daneil le había cogido mucho cariño, pero ahora todo eso iba más allá. Sabía que quería quedarse con él, ayudar a resolver ese gran enigma que faltaba por resolver, y tomó una decisión.
–Me quedaré a tu lado. Enmendaremos tu error, podemos hacerlo.
Daneil la miró fijamente y en su rostro comenzaron a caer pequeños y húmedos riachuelos. Luara se acercó a él y secó sus lágrimas mientras posaba en cada una de ellas un beso. Se miraron dulcemente apoyando sus frentes una sobre la otra, y sus miradas juraron amor sin necesidad de palabras.
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