martes, 29 de marzo de 2016

Ojalá logre alcanzarte

Si pudiésemos observar cómo el alma se va llenando, poco a poco, con palabras, lograríamos confirmar la teoría de que el experto eres tú. 
Los miserables piden frasquitos de ese amor que tanto les falta, y que soy afortunada de poseer.
Lo guardo en la caja fuerte, con un seguro imposible, irrompible e invisible, y lo preservo como si de oro se tratase. 
Y espero, algún día, ser la primera en decir esas palabras que tanto significan, y pocos pronuncian como ha de pronunciarse, de verdad. Ese día sabré, que cuando te alcance en la carrera, y llegue a la meta, lo haremos de la mano. Y mi premio será quererte tanto, como tú me quieres a mí.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Demasiado grande

Siempre he sido mujer de ideas grandes y palabras pequeñas.
Imagino castillos de arena que acaban siendo hormigueros, con muchos conductos subterráneos pero pocas hormigas. Y así pasa, que llega el mar y los ahoga. 
Dejando atrás un desierto vacío y solitario, volviendo a empezar. 
Y cuando llevas varios intentos, dan ganas de tumbarte y dejar que sea a ti a quien el mar arrastre. Pero tampoco importará, no hay nadie que vea tu ir y venir, nadie que te despida.
Construyes y reconstruyes. 
Las ideas grandes acaban siendo demasiado, y las palabras se agotan.

¿Me concedes este baile?

Para corazones fríos hacen falta manos calientes,
de esas que abrazan y no sueltan, y aún cuando acaban permanecen.
Para pies solitarios hacen falta otros que pisen fuerte,
y dejen marca, que no dé tiempo a echarlos de menos.
Para oídos sordos, labios firmes. 
Agárrate fuerte, lo tiene todo, 
y está dispuesta a bailar.

martes, 22 de marzo de 2016

Luara y el oso

Había una vez una muchacha llamada Luara a la que le encantaba leer y pasear por el pueblo. Un día, se encontraba tan absorta en un libro que se desvió del camino. Cuando se percató de ello, la senda no era visible, por lo que decidió adentrarse en el bosque. Tras varias horas de travesía, la joven estaba cansada y decidió parar en próximo claro que hallase. Y así fue. El bosque clareaba en lo alto de la montaña y escondida entre los árboles se advertía una humilde cabaña.
Luara entró a descansar, y la encontró vacía. Decidió tumbarse en la cama que había en una de las habitaciones y ofrecer una recompensa a la persona que la habitase.
Transcurrieron varias horas hasta que Luara despertó con un ruido en lo que debía ser la cocina. Y al levantarse se percató de que era de día. 
En la cocina había un joven, el cual permaneció mirándola fijamente durante unos instantes. 
–He preparado el desayuno, pensé que tendrías hambre—anunció con voz firme el muchacho.
–Gracias, pero no es necesario. Tengo que volver al pueblo, me estarán buscando.
–Has dormido en mi cama, lo menos que puedes hacer es tomar el desayuno que ya he preparado.—Parecía enfadado, así que Luara se sentó en la mesa y empezó a comer. 
Tras una conversación un tanto áspera, Luara descubrió que aquel muchacho se llamaba Daneil. Vivía en aquel bosque de lo que cazaba y pocas veces iba al pueblo. Debía sentirse muy solo.
Entonces decidió quedarse un poco más para hacerle compañía. Le limpiaría la casa mientras él no estaba y prepararía la comida, así se lo comunicó a Daneil.
Daneil pasaba las noches fuera y regresaba por la mañana, Luara preguntaba siempre el motivo pero las únicas respuestas que recibía eran evasivas. 
Una noche, Luara no podía dormir y salió a pasear bajo la suave brisa de verano. Pero lo que no esperaba era encontrarse con un gran oso en la puerta de la cabaña. El oso se quedó mirándola como si la conociera, con una penetrante mirada que le resultaba familiar. Y de repente su miedo desapareció, conocía esa mirada, era la fría pero amable mirada de Daneil. Pero, ¿por qué Daneil era un oso? Él permanecía quieto, mirándola, soltando fuertes bufidos, y Luara decidió esperar al amanecer para ver qué sucedía. 
Así quedaron los dos, inmóviles y pacientes, sentados en la hierba hasta que el sol comenzó a salir entre las montañas. Un halo de luz llegó hasta Daneil y este poco a poco recobró su figura de humano. Luara observaba la escena impactada.
–Imagino que después de esto querrás volver al pueblo con el resto de tu gente. 
–¿Por qué hasta hace un segundo eras un oso?
–Sé que te doy miedo, márchate. No hace falta que sigas ahí parada.
–No me voy a ir. ¿Por qué eras un oso?

Años atrás, cuando todavía era un crío, solía salir de caza con mi padre y unos amigos del poblado. Una tarde, me alejé de ellos y vislumbré a lo lejos una osa con sus crías, pensé que sería una buena caza y disparé. No debí hacerlo, ahora sé que no. 
Aquella noche, cuando volvía a casa para avisar a todos los hombres de la localización en la que había dejado a la osa, algo en mí empezó a cambiar. Cuando me di cuenta era un oso. Tuve que huir de casa y ha sucedido así durante el resto de los días. Cuando amanece vuelvo a ser humano.

Esta historia conmovió a Luara. Durante el tiempo que había permanecido con Daneil le había cogido mucho cariño, pero ahora todo eso iba más allá. Sabía que quería quedarse con él, ayudar a resolver ese gran enigma que faltaba por resolver, y tomó una decisión.
–Me quedaré a tu lado. Enmendaremos tu error, podemos hacerlo. 
Daneil la miró fijamente y en su rostro comenzaron a caer pequeños y húmedos riachuelos. Luara se acercó a él y secó sus lágrimas mientras posaba en cada una de ellas un beso. Se miraron dulcemente apoyando sus frentes una sobre la otra, y sus miradas juraron amor sin necesidad de palabras. 

lunes, 21 de marzo de 2016

La maldición de Julia

Érase una vez una campesina de Villamorosa que vivía con su padre en una humilde casa cercana al río. Un día, este enfermó y estando en su lecho de muerte pronunció estas palabras:
–Te condeno, Julia, mi única hija, a vagar en soledad hasta que cumplas los veinte años. Amarás a aquel al que no le interese que lo ames, y serás amada por aquellos a los que tú no quieras de aquella manera.
Ya pronunciadas estas palabras, dejó atrás su vida de mortal.
Julia no entendía el por qué de esa condena a la que su padre la había sometido, y al principio no creyó que se cumpliese, pero los años le demostraron la verdad de esas palabras.
Julia fue amada por tres personas: Jacinto, Juliano, Jesuso. Todos ellos eran amigos suyos, a los que había mostrado su gran encanto y a los que había querido en grandes proporciones pero no "de aquella manera" como bien había dicho su padre.
Un día de verano, en su diecinueve cumpleaños, conoció a un joven apuesto que paseaba con su bello corcel por los alrededores, y mientras lo hacía cayó de su alforja un libro. Julia, que no había perdido ojo a aquel muchacho celestial, se percató de ello. Decidió recogerlo, pero cuando quiso hacerlo una joven de rubios cabellos se adelantó y se lo ofreció. El caballero le sonrió con una dulzura que, aunque Julia sabía que no era para ella aquella sonrisa, quedó enamorada. 
Permítame presentarme, señorita. Mi nombre es Samuel, humilde caballero de nuestro castillo–Se arrodilló ante la chica de oro–. Déjeme ofrecerle una vida de amor y cariño a mi lado, puesto que no he podido resistir a sus encantos.
Pero aquella chica ya estaba prometida y rechazó sus halagos, dejando atrás al triste caballero.
Julia contempló desde su jardín la sorprendente escena y pensó que aquella chica era más guapa que ella. 
Al día siguiente, volvió a ver a Samuel, esta vez sin su corcel. Pero ignoró la presencia del muchacho puesto que no tenía posibilidades con él. Una sirvienta y un caballero, imposible. Además ella no era guapa. Estos pensamientos tenía Julia mientras recogía manzanas de su árbol, cuando estuvo a punto de caer. Pero entones alguien llegó y la sujetó. Era Samuel.  
Permítame ofrecerle mis humildes agradecimientos por evitar la que habría sido una dolorosa caída–dijo Julia haciendo una torpe reverencia.
–No es menester, señorita. Cualquier caballero lo habría hecho.
El joven sonrió y Julia quedó enamorada de nuevo con tal sonrisa.
A lo largo del verano de sus diecinueve años, Julia y Samuel volvieron a coincidir en numerosas ocasiones, y Julia se enamoró. Pero ella sabía que Samuel estaba enamorada de aquella chica de  cabello de oro que había rechazado su amor. Julia sólo era una amiga.
Una tarde, mientras paseaban, Julia se armó de valor y confesó su amor, pero él lo rechazó con cuidadosas palabras. 
Julia lloró y lloró, y odió a su padre por haberla condenado a estar sola, se odió a sí misma por no tener cabellos rubios y odió no haber conocido a Samuel un año después.
Y Julia continuó viviendo en soledad, y Samuel paseando en su corcel.

domingo, 20 de marzo de 2016

Corazones rotos por amor

En el momento decisivo mis lágrimas se quedan atrapadas entre ese pedazo de carne al que llaman corazón y mueren ahogadas. Todo mi cuerpo se encoge y comienza la marcha fúnebre, teniendo tus palabras por banda sonora. No hay mayor daño que una verdad sin malicia. 
Digo hola y adiós a la vez, y se fusionan. Comienzan las turbulencias y escucho las quejas de todos los pasajeros, el avión comienza a caer en picado sin que nadie lo aprecie, hasta que es demasiado tarde y ya no hay posibilidad de salvarse. 
Suspiro y no hay alivio. 
Mi cuerpo se encoge y yo solo quiero volver atrás en el tiempo y evitar que las lágrimas se ahoguen, preservar la marcha monótona y silenciosa de siempre, y ese avión ni siquiera despegue. 
Pero es imposible, y me sumo a la lista de corazones rotos por amor. 

martes, 8 de marzo de 2016

Fantasías de hoy

–No me mires, por favor. 
Sus ojos atravesaron mis pupilas, y no tuve más remedio que apartarlas.
–No te estoy mirando. Trataba de encontrarte.
Entonces fui yo la que sostuvo mi iris en el suyo, y sonreí. 
No pretendas hallar aquello que no existe, porque sólo será una mera invención.
Pero en lugar de iluminar al ciego, dejé al cojo sin muleta.

VIII


Está cansado de huir de ese lugar donde sólo se escuchan susurros y las miradas traspasan el alma.
Casa no significa hogar, y él todavía está buscando el suyo.

Puertas que se abren y no cierran

Llamas a la puerta, y entras sin pedir permiso. 
Te sientas a mi lado y me miras. Entonces te marchas, y olvidas cerrar mi puerta. Permanezco sentada, contemplando la sombra que queda tras el hueco de la entrada, esperando a que vuelvas.
Y no vuelves, y mi puerta queda abierta para siempre. 
Llegan los ladrones, los vecinos, los interesados. 
Llegan los curiosos, los aburridos, los graciosos. 
Y continúo atrapada en este sofá, las mismas sombras.

viernes, 4 de marzo de 2016

Ojalá y no te marches

Te aprecio. Porque eres tan yo, tan sufridor de la vida, que sólo quiero cogerte de la mano. Porque cuando dices que lloras, veo en tus lágrimas las mías. Y alargo el brazo, pensando que puedo sentirte.
Estás tan lejos, y a la vez tan cerca.
Cuando me hablas, algo se llena en ese hueco en el que sólo cabía la angustia y se va haciendo sitio, destruyendo las murallas de mi fortaleza emocional. Llamas proclamando "soy yo, déjame entrar y formar parte de tu escondite. Sé cómo te sientes" y no me permito reprochar porque antes de que lo haga ya estás dentro. 
Te has convertido en la poca alegría que alberga este bosque sin apenas vida, y tengo miedo de que te vayas. Tengo miedo de volver a construir murallas sola, sin nadie que me ayude a destruirlas. De perderme en mi bosque solitario. 
Tengo miedo porque el tiempo me ha enseñado que ser, estar y permanecer no es lo mismo.