Trato de avanzar entre la espesa niebla que choca contra mi cara, y se derrite. Noto el contacto de la humedad en mi piel y me estremezco de placer, está fría. Avanzo entre la gélida mañana con rumbo fijo marcado por mis pies, y mientras camino, escucho.
Los pájaros han madrugado y están deseando echar a volar, el sonido de los coches aparece como banda sonora en la ciudad, y sin embargo, mi mente está en silencio.
Procuro pensar, pero no me sale nada. Tan sólo me esfuerzo en hablarle a mis pies e intento que ellos me escuchen, marcando con las puntas de los dedos el compás. He olvidado cómo moverme, y mi único deseo es continuar. Por un instante temo besar el suelo con las piernas. Pánico. Y de pronto, ellas escuchan.
Ha transcurrido medio camino y las veo pasar. Varios grupos de personas me adelantan y se cruzan en mi camino, arrastrando la pesada carga de sus vidas en cada paso que dan, y decido sumarme a ellos.
Imagino que todos tenemos el mismo destino, y a la vez, diferente, único. Trato de imaginar la historia de cada uno, lo que ocurre tras su cubierta, y algunas son muy tristes. Y de repente una idea me atraviesa, es como una explosión de colores celestes y brillantes, y entre ellos estás tú. Se me ocurre pensar que quizás seas otra persona más entre nosotros, y haya tenido el placer de observarte entre la niebla, aún sin saber quién eras realmente. Quizá te he pintado una vida difícil llena de cenizas y llantos. Quizá nos hayamos pensado. Quizá pude rozarte con los ojos, susurrarte locuras y reírnos de verdades. Y me ha encantado.
Pero aunque quiero verte, no lo logro.
Y entre pasos delirantes, llego a mi destino.