–Te condeno, Julia, mi única hija, a vagar en soledad hasta que cumplas los veinte años. Amarás a aquel al que no le interese que lo ames, y serás amada por aquellos a los que tú no quieras de aquella manera.
Ya pronunciadas estas palabras, dejó atrás su vida de mortal.
Julia no entendía el por qué de esa condena a la que su padre la había sometido, y al principio no creyó que se cumpliese, pero los años le demostraron la verdad de esas palabras.
Julia fue amada por tres personas: Jacinto, Juliano, Jesuso. Todos ellos eran amigos suyos, a los que había mostrado su gran encanto y a los que había querido en grandes proporciones pero no "de aquella manera" como bien había dicho su padre.
Un día de verano, en su diecinueve cumpleaños, conoció a un joven apuesto que paseaba con su bello corcel por los alrededores, y mientras lo hacía cayó de su alforja un libro. Julia, que no había perdido ojo a aquel muchacho celestial, se percató de ello. Decidió recogerlo, pero cuando quiso hacerlo una joven de rubios cabellos se adelantó y se lo ofreció. El caballero le sonrió con una dulzura que, aunque Julia sabía que no era para ella aquella sonrisa, quedó enamorada.
–Permítame presentarme, señorita. Mi nombre es Samuel, humilde caballero de nuestro castillo–Se arrodilló ante la chica de oro–. Déjeme ofrecerle una vida de amor y cariño a mi lado, puesto que no he podido resistir a sus encantos.
Pero aquella chica ya estaba prometida y rechazó sus halagos, dejando atrás al triste caballero.
Julia contempló desde su jardín la sorprendente escena y pensó que aquella chica era más guapa que ella.
Al día siguiente, volvió a ver a Samuel, esta vez sin su corcel. Pero ignoró la presencia del muchacho puesto que no tenía posibilidades con él. Una sirvienta y un caballero, imposible. Además ella no era guapa. Estos pensamientos tenía Julia mientras recogía manzanas de su árbol, cuando estuvo a punto de caer. Pero entones alguien llegó y la sujetó. Era Samuel.
–Permítame ofrecerle mis humildes agradecimientos por evitar la que habría sido una dolorosa caída–dijo Julia haciendo una torpe reverencia.
–No es menester, señorita. Cualquier caballero lo habría hecho.
El joven sonrió y Julia quedó enamorada de nuevo con tal sonrisa.
A lo largo del verano de sus diecinueve años, Julia y Samuel volvieron a coincidir en numerosas ocasiones, y Julia se enamoró. Pero ella sabía que Samuel estaba enamorada de aquella chica de cabello de oro que había rechazado su amor. Julia sólo era una amiga.
Una tarde, mientras paseaban, Julia se armó de valor y confesó su amor, pero él lo rechazó con cuidadosas palabras.
Julia lloró y lloró, y odió a su padre por haberla condenado a estar sola, se odió a sí misma por no tener cabellos rubios y odió no haber conocido a Samuel un año después.
Y Julia continuó viviendo en soledad, y Samuel paseando en su corcel.
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