Ella se sienta frente al piano a tocar, como todos los viernes. Es su rito.
Me tumbo en la oscuridad de la habitación a escucharla a través de la pared, sin que perciba mi presencia. Sé que está sentada en la banqueta observando la inocencia del instrumento, juzgándolo con la mirada. Siempre lo hace. Noto como suspira y entonces, comienza la función.
Ella acaricia las teclas del piano y las hace sonar. Ruido. Siempre toca haciendo mucho ruido. No es clásico, tampoco una melodía ni una obra, es dolor. Todos los viernes, Yamaha y ella susurran sus secretos, compenetrándose en un escalofriante llanto.
Quise ser su metrónomo y llevarle el compás, quise hacer de ella una bella canción y arreglar sus desperfectos. Quise salvarla.
Salí de las sombras y crucé la pared que nos separaba, dispuesto a llevarla conmigo. Apartó las manos delicadamente del piano, encogiéndose en un suspiro y se dio la vuelta.
Sus ojos estaban vacíos, no había alma en ellos. No había nada.
-No quieras avivar el fuego donde sólo quedan cenizas—dijo con un hilo de voz.
Y supe que la había perdido.
viernes, 13 de marzo de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
Pasos delirantes
Trato de avanzar entre la espesa niebla que choca contra mi cara, y se derrite. Noto el contacto de la humedad en mi piel y me estremezco de placer, está fría. Avanzo entre la gélida mañana con rumbo fijo marcado por mis pies, y mientras camino, escucho.
Los pájaros han madrugado y están deseando echar a volar, el sonido de los coches aparece como banda sonora en la ciudad, y sin embargo, mi mente está en silencio.
Procuro pensar, pero no me sale nada. Tan sólo me esfuerzo en hablarle a mis pies e intento que ellos me escuchen, marcando con las puntas de los dedos el compás. He olvidado cómo moverme, y mi único deseo es continuar. Por un instante temo besar el suelo con las piernas. Pánico. Y de pronto, ellas escuchan.
Ha transcurrido medio camino y las veo pasar. Varios grupos de personas me adelantan y se cruzan en mi camino, arrastrando la pesada carga de sus vidas en cada paso que dan, y decido sumarme a ellos.
Imagino que todos tenemos el mismo destino, y a la vez, diferente, único. Trato de imaginar la historia de cada uno, lo que ocurre tras su cubierta, y algunas son muy tristes. Y de repente una idea me atraviesa, es como una explosión de colores celestes y brillantes, y entre ellos estás tú. Se me ocurre pensar que quizás seas otra persona más entre nosotros, y haya tenido el placer de observarte entre la niebla, aún sin saber quién eras realmente. Quizá te he pintado una vida difícil llena de cenizas y llantos. Quizá nos hayamos pensado. Quizá pude rozarte con los ojos, susurrarte locuras y reírnos de verdades. Y me ha encantado.
Imagino que todos tenemos el mismo destino, y a la vez, diferente, único. Trato de imaginar la historia de cada uno, lo que ocurre tras su cubierta, y algunas son muy tristes. Y de repente una idea me atraviesa, es como una explosión de colores celestes y brillantes, y entre ellos estás tú. Se me ocurre pensar que quizás seas otra persona más entre nosotros, y haya tenido el placer de observarte entre la niebla, aún sin saber quién eras realmente. Quizá te he pintado una vida difícil llena de cenizas y llantos. Quizá nos hayamos pensado. Quizá pude rozarte con los ojos, susurrarte locuras y reírnos de verdades. Y me ha encantado.
Pero aunque quiero verte, no lo logro.
Y entre pasos delirantes, llego a mi destino.
De nuevo, silencio.
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