miércoles, 12 de agosto de 2015

Diecisiete primaveras

Mi estación favorita siempre ha sido la primavera; cuando las flores nacen y flota su esencia.
De niña siempre correteaba entre la extensión de tierra repleta de amapolas. Reía y saltaba intentando no pisarlas, aún sabiendo que era imposible ya que estaba repleto, y aquello me hacía divertirme aún más. Descansaba en el suelo, sobre un colchón rojo con tallo. A veces, caía rendida y dormía durante horas, hasta que me encontraban o despertaba y volvía a casa.
Las flores eran más altas que yo, y a veces me sentía como Alicia en el país de las maravillas.
Mamá me reñía siempre, ya que acababa con los vestidos repletos de manchas, pero a mí no me importaba. 
Me gustaba imaginar, siempre me ha gustado. 
Cuando crecí un poco, las amapolas fueron el paisaje de mis invenciones amorosas. Mi ilusión y yo pasábamos las tardes tumbados, cogidos de la mano y escuchando el sonido del viento. 
Ahora ya no queda nada. Las amapolas han marchitado, mis fantasías amorosas se fueron con el viento y el invierno ha llegado, y temo que quiera quedarse.
La tierra está desierta, repleta de nieve. Ahora todo es frío, no hay flores, los pájaros se esconden en sus nidos, y yo he decidido hibernar. Hibernaré hasta que llegue un alma soñadora que me devuelva la primavera.

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