El día de hoy se resume básicamente en caminar; turismo por Florencia. Nos hemos dirigido a las afueras y hemos subido exactamente 318 escalones—contados personalmente por mi hermana y yo—para llegar a la iglesia situada en una montaña con preciosas vistas.
Un dato curioso del día es el regateo: mamá quería comprar una mochila de cuero a mi hermana Ana, que no ha podido venir a este fabuloso viaje y recalco fabuloso en todo lo que la palabra conlleva, pues está pensado a mi gusto. Me voy por las ramas, perdón. Estaba diciendo que mamá quería comprarle la mochila a Ana y como aquí el cuero es tan bueno, el hombre lo quería vender a 75€ pero gracias a mi fantástico regateo y el de mamá que es casi más cabezota que yo, la hemos conseguido por 35€. (He nacido para regatear).
Pensaréis que soy prepotente, pero este tipo de cosas son esas que dices por decir o por darle gracia al asunto pero que luego no las piensas de verdad.
DATO IMPORTANTE: nada de regateadora.
Siguiente punto del día : comer es muy importante, sobre todo cuando tus tripas no paran de sonar y sientes que todo el mundo las escucha rugir. Así estaba yo cuando hemos vuelto del tour, y lo mejor de todo es que hemos pasado por cuatro restaurantes y todos estaban cerrados, hemos tenido que ir al restaurante de abajo de casa y sólo me habría faltado comerme las hierbas de los maceteros con tal de acallar mi estómago.
El resto de la tarde la he pasado en casa, típica tarde adolescente. Es decir, he acabado Bajo la misma estrella y con los mocos por toda la cara, la raya de ojos hasta las orejas y la camiseta mojada. El colmo de la desesperación adolescente ha sido tener de fondo unos artistas tocando baladas y luego el violín, con lo que he acabado aplaudiendo como una loca desde el balcón. Imaginad la imagen que he tenido que dar y reíd un rato.
Mañana toca madrugar, que al que madruga dicen que Dios le ayuda.
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