Rozó con la yema de los dedos su reflejo, y no se reconoció. No era así como él se veía, como se imaginaba. Rechazó su imagen con un gesto de desprecio y fue en busca de más espejos, pero todos mostraban imágenes semejantes: facciones redondeadas, hombros anchos, grandes ojos, abdomen voluminoso...
Se mantuvo firme unos instantes, y con pasos rápidos se dirigió a la terraza, donde su padre guardaba la caja de herramientas. Se decidió por el martillo, y minutos después, la casa estalló en cristales, diversos tipos de cristales rotos.
«Ya no hay reflejos, ahora ya soy como quiero ser».
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