viernes, 13 de marzo de 2015

Sólo quedan cenizas

Ella se sienta frente al piano a tocar, como todos los viernes. Es su rito. 
Me tumbo en la oscuridad de la habitación a escucharla a través de la pared, sin que perciba mi presencia. Sé que está sentada en la banqueta observando la inocencia del instrumento, juzgándolo con la mirada. Siempre lo hace. Noto como suspira y entonces, comienza la función. 
Ella acaricia las teclas del piano y las hace sonar. Ruido. Siempre toca haciendo mucho ruido. No es clásico, tampoco una melodía ni una obra, es dolor. Todos los viernes, Yamaha y ella susurran sus secretos, compenetrándose en un escalofriante llanto. 
Quise ser su metrónomo y llevarle el compás, quise hacer de ella una bella canción y arreglar sus desperfectos. Quise salvarla. 
Salí de las sombras y crucé la pared que nos separaba, dispuesto a llevarla conmigo. Apartó las manos delicadamente del piano, encogiéndose en un suspiro y se dio la vuelta. 
Sus ojos estaban vacíos, no había alma en ellos. No había nada.
-No quieras avivar el fuego donde sólo quedan cenizas—dijo con un hilo de voz. 
Y supe que la había perdido.

1 comentario:

  1. ¡Me encanta tu forma de narrar! Dices con una sutileza las cosas que es como guau. Y yo sigo cotilleando tu blog. :)

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